Desde la última competencia se encontraba tan perturbado que llevaba varios días sin dormir, de hecho tan perturbado, que esos días se convirtieron en meses y esos meses lo llevaron al momento en el que se encontraba, un jueves 12 de un mes tan esperado, día en que como todos los años participaría en la carrera de su vida, la carrera que no había ganado hace un año ni mucho menos el anterior.
Quizá el motor que lo empujaba a participar éste y todos los años anteriores, iba más allá de la dotación de comida rápida que obtendría si ganaba, quizá iba más allá del reconocimiento de todos o quizá más allá de todo el esfuerzo que había demostrado en ocasiones pasadas y del sentido del deber que sentía para aguardar su sueño.
Desde muy temprano se había dirigido al lugar donde se llevaría a cabo la competencia, el cielo estaba despejado y el sol muy brillante, muy parecido al día de ayer. Tantas veces había estado en el mismo lugar, pero cada una tan distinta, tan suya, que hasta se atrevería a decir que es la primera vez que participaba. Aunque situaciones pasadas lo habían entrenado para lidiar contra todas las mofas del extranjero que vivía junto a su casa y que ni siquiera hablaba su idioma o contra todas las burlas de aquella vecina de la segunda casa junto al árbol y más aún contra todas las bromas de la gorda de la tienda, de quien se dice un sinfín de chismes, jamás se había atrevido a hacer a un lado su particular forma de ser, su excentricismo ni su amable forma de vivir.
Mientras se dirigía a la línea de salida, todas las personas parecían haberse limitado a realizar una serie de risas burlonas y señalamientos a cada paso que daba, a cada movimiento que realizaba y a cada respiro que suscitaba aquel pobre individuo.
Después de una larga espera la carrera había comenzado, avanzaba y casi llegaba a su fin. Momentos tan cruciales son difíciles de olvidar, se encontraba en segundo puesto y poco a poco se acercaba al primer lugar. En ese momento pensó que debía intensificar su esfuerzo, qué era preciso creer en sí mismo, pero tal vez ya había sido demasiado, ya no sentía sus pies sobre el suelo y todo se alejaba en vez de acercarse. Nunca había estado tan cerca, nunca.
Tantas caras de asombro reunidas, desde la pequeña niña en overol hasta aquel gordo con gorra miraban atónitos, hacia un cielo azul y frio que abría paso a lo imposible.
La carrera había terminado, la gente aplaudía. Aquí, comprendió que no había ganado, que ya no importaba más seguir compitiendo, que lo único que interesaba era volar, seguir soñando.
R.M
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