Los días podían resumirse en actividades denotadas por un
terrible nada hoy y menos mañana. Y entre muchas cosas, había incluido en esa
realidad a Carla, con sus manías y suaves reproches. Sin embargo, Fernando
prefería pensar que era él quien se había sumergido en un mundo que no gira y
que no sabe a dónde va, pues Carla siempre severa con ese tema, sabía lo que
deseaba y tenía un rumbo definido.
Una noche, después de haber acabado la pequeña reseña que le
había encargado la editorial en la que trabajaba. Unas correcciones más y
terminaría con un adelanto tan impecable que seguro se sumaría a ese montón de
adelantos que había hecho en los últimos días. Así, venturoso se atrevió a
dejar un lado su trabajo y dejo fluir un par de letras que le habían aquejado:
“Hoy le dije que mostrar duda era inevitable, pero que no permitiría que
me tomara, pues hoy aprendí al observarte, al observarnos y luego al mirarme,
que tomar lo seguro por lo incierto es siempre deambular ante lo inseguro y que
en ocasiones, o en nuestro caso, sólo nos prepara para seguir bajo la caminata
y encontrarnos en lo ambiguo, que al fin y al cabo, sólo existe un recorrido...”
Se detuvo en seco admirando su habitación cómo si no la
reconociera, y ésta a su vez, lo acogía y lo invitaba a unirse al esplendor de Morfeo.
De pronto y sin darse cuenta, se veía convertido en un navegante nocturno, surcando
bajo el cielo de lo real y ahí, sobre una orilla muy parecida al de la playa,
lucia la imagen de Carla que se acercaba con amenazo a grandes oleadas, lo
tomaba del brazo y desaparecía.
Luego, se miraba así mismo dentro y fuera del mar, en una
suma de acordes epitafios en la espera de su regreso…

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