domingo, 17 de noviembre de 2013

Un regreso.

Compartíamos el sueño de viajar por el mundo y conocer sus maravillas,  encontrarnos lejos de nuestros sentimientos y reencontrarlos en otra parte, donde no importara si es lunes por la mañana o domingo al mediodía. Pero un sueño compartido no nos mantuvo unidos, pues mi mundo y mi viaje no tomaban el mismo camino que el suyo.
En muchas ocasiones pensé que todo había sido un sueño o una tregua de la vida y simplemente me olvidé de ella. Pero aún sigo guardando cartas,  escribiendo.
Uno aprende a esperar, otras veces olvidamos que era lo que esperábamos y nos ocupamos en otra cosa, hasta que un día llega y no estamos preparados, aunque deseáramos estarlo.

Y así, como si fuera ayer, de salida al parque, no supe que hacer cuando simplemente me miró y me dijo que andaba mal. Y yo, que sentía una gran nostalgia al verla, que en muchas otras ocasiones me imaginé la misma escena, no supe que decir. Sentía como si acabara de regresar de un largo viaje, del cual nunca supe a donde fue, ni con quien estuvo ni mucho menos que era lo que hacía allí. Pero yo, no habiendo logrado nada, no sabía que responder. Porque simplemente no se trata y nunca lo fue, de mirarnos  para decirnos el uno al otro lo que hemos logrado, a quienes hemos conocido o que tenemos preparado para nuestro siguiente paso, porque sabemos que lo que realmente duele es no haberlo compartido.

viernes, 31 de mayo de 2013

A medianoche.

“Una pequeña gota que sueña con el mar, una piedra perdida que lucha entre montañas y un corazón blando que no le teme al frío. Ese soy yo…

Ese que no ve, pero que se guía impaciente hacia la luz.”

Esperar, esperar…
Yo no sé qué tal lo manejen los demás, pero soy tan impaciente que hago malabarismo a medianoche para intentar conciliar el sueño, pues me aquejan todas esas respuestas que esperé y nunca llegaron, o quizá las vi llegar y no las quise aceptar. De igual modo, ahora sé, que ni yo, ni Rebeca, ni mucho menos Pablo o tú, podrán dormir.

Resulta que somos tan parecidos (como impacientes) que siempre estamos buscando por algo más, y por menos, siempre resulta ser un problema. Aunque la mayoría de las veces ésto nos mantiene en el camino…
Y aunque parezca contradictorio, no nos da miedo detenernos y meditar la dirección de nuestros siguientes pasos pues conocemos las consecuencias no llegar, pero sobre todo las de ir más allá.

A pesar de ello, no hemos conseguido la gran diferencia entre cualquiera de nuestros sueños y nuestro sueño verdadero, pero estamos muy cerca. Y  si algo se torna mal, se torna mal y ya; no es la gran cosa. Al menos sabemos que mañana podremos descansar, con la esperanza y sin ella, con el ánimo caído y bien en alto, de saber a cuestas,  que mañana nos espera la tregua, que mañana hay guerra a medianoche…

jueves, 31 de enero de 2013

Viaje
























Los días podían resumirse en actividades denotadas por un terrible nada hoy y menos mañana. Y entre muchas cosas, había incluido en esa realidad a Carla, con sus manías y suaves reproches. Sin embargo, Fernando prefería pensar que era él quien se había sumergido en un mundo que no gira y que no sabe a dónde va, pues Carla siempre severa con ese tema, sabía lo que deseaba y tenía un rumbo definido.
Una noche, después de haber acabado la pequeña reseña que le había encargado la editorial en la que trabajaba. Unas correcciones más y terminaría con un adelanto tan impecable que seguro se sumaría a ese montón de adelantos que había hecho en los últimos días. Así, venturoso se atrevió a dejar un lado su trabajo y dejo fluir un par de letras que le habían aquejado:

Hoy le dije que mostrar duda era inevitable, pero que no permitiría que me tomara, pues hoy aprendí al observarte, al observarnos y luego al mirarme, que tomar lo seguro por lo incierto es siempre deambular ante lo inseguro y que en ocasiones, o en nuestro caso, sólo nos prepara para seguir bajo la caminata y encontrarnos en lo ambiguo, que al fin y al cabo, sólo existe un recorrido...”

Se detuvo en seco admirando su habitación cómo si no la reconociera, y ésta a su vez, lo acogía y lo invitaba a unirse al esplendor de Morfeo. De pronto y sin darse cuenta, se veía convertido en un navegante nocturno, surcando bajo el cielo de lo real y ahí, sobre una orilla muy parecida al de la playa, lucia la imagen de Carla que se acercaba con amenazo a grandes oleadas, lo tomaba del brazo y desaparecía.
Luego, se miraba así mismo dentro y fuera del mar, en una suma de acordes epitafios en la espera de su regreso…