Compartíamos el sueño de viajar por el mundo y conocer sus
maravillas, encontrarnos lejos de
nuestros sentimientos y reencontrarlos en otra parte, donde no importara si es
lunes por la mañana o domingo al mediodía. Pero un sueño compartido no nos
mantuvo unidos, pues mi mundo y mi viaje no tomaban el mismo camino que el
suyo.
En muchas ocasiones pensé que todo había sido un sueño o una
tregua de la vida y simplemente me olvidé de ella. Pero aún sigo guardando
cartas, escribiendo.
Uno aprende a esperar, otras veces olvidamos que era lo que esperábamos
y nos ocupamos en otra cosa, hasta que un día llega y no estamos preparados,
aunque deseáramos estarlo.
Y así, como si fuera ayer, de salida al parque, no supe que
hacer cuando simplemente me miró y me dijo que andaba mal. Y yo, que sentía una
gran nostalgia al verla, que en muchas otras ocasiones me imaginé la misma
escena, no supe que decir. Sentía como si acabara de regresar de un largo viaje,
del cual nunca supe a donde fue, ni con quien estuvo ni mucho menos que era lo
que hacía allí. Pero yo, no habiendo logrado nada, no sabía que responder.
Porque simplemente no se trata y nunca lo fue, de mirarnos para decirnos el uno al otro lo que hemos logrado,
a quienes hemos conocido o que tenemos preparado para nuestro siguiente paso, porque
sabemos que lo que realmente duele es no haberlo compartido.