“Una pequeña gota que
sueña con el mar, una piedra perdida que lucha entre montañas y un
corazón blando que no le teme al frío. Ese soy yo…
Ese que no ve, pero que
se guía impaciente hacia la luz.”
Esperar, esperar…
Yo no sé qué tal lo
manejen los demás, pero soy tan impaciente que hago malabarismo a medianoche para
intentar conciliar el sueño, pues me aquejan todas esas respuestas que esperé y
nunca llegaron, o quizá las vi llegar y no las quise aceptar. De igual modo, ahora sé, que ni yo, ni Rebeca, ni mucho menos Pablo o tú, podrán dormir.
Resulta que somos tan
parecidos (como impacientes) que siempre estamos buscando por algo más, y por
menos, siempre resulta ser un problema. Aunque la mayoría de las veces ésto nos
mantiene en el camino…
Y aunque parezca contradictorio, no nos da miedo detenernos y meditar la dirección de nuestros siguientes pasos pues conocemos las consecuencias no llegar, pero sobre todo las de ir más allá.
Y aunque parezca contradictorio, no nos da miedo detenernos y meditar la dirección de nuestros siguientes pasos pues conocemos las consecuencias no llegar, pero sobre todo las de ir más allá.
A pesar de ello, no
hemos conseguido la gran diferencia entre cualquiera de nuestros sueños y nuestro sueño
verdadero, pero estamos muy cerca. Y si algo se torna mal, se
torna mal y ya; no es la gran cosa. Al menos sabemos que
mañana podremos descansar, con la esperanza y sin ella, con el ánimo caído y
bien en alto, de saber a cuestas, que
mañana nos espera la tregua, que mañana hay guerra a medianoche…